1535-1557 FERNÁNDEZ DE OVIEDO, GONZALO, Historia general y natural de las Indias

1535-1557 FERNÁNDEZ DE OVIEDO, GONZALO, Historia general y natural de las Indias [España] [Juan Pérez de Tudela Bueso, Madrid, Atlas, 1992] Biología

De los tabacos o ahumadas que los indios acostumbran en esta isla Española, e la manera de las camas en que duermen.

    Usaban los indios desta isla, entre otros sus vicios, uno muy malo, que es tomar unas ahumadas, que ellos llaman tabaco, para salir de sentido. Y esto hacían con el humo de cierta hierba que, a lo que yo he podido entender, es de calidad del beleño; pero no de aquella hechura o forma, segund su vista, porque esta hierba es un tallo o pimpollo como cuatro o cinco palmos, o menos, de alto, y con unas hojas anchas e gruesas, e blandas e vellosas, y el verdor tira algo a la color de las hojas de la lengua de buey (o buglosa, que llaman los herbolarios e médicos). Esta hierba que digo, en alguna manera o género, es semejante al beleño. La cual toman de aquesta manera: los caciques e hombres principales tenían unos palillos, huecos, del tamaño de un jeme o menos, de la groseza del dedo menor de la mano, y estos cañutos tenían dos cañones respondientes a uno, como aquí está pintado (Lámina 1.ª, fig. 7.ª), e todo en una pieza. Y los dos ponían en las ventanas de las narices, e el otro en el humo e hierba que estaba ardiendo o quemándose; y estaban muy lisos e bien labrados. Y quemaban las hojas de aquella hierba arrebujadas o envueltas de la manera que los pajes cortesanos suelen echar sus ahumadas; e tomaban el aliento e humo para sí, una e dos e tres e más veces, cuanto lo podían porfiar, hasta que quedaban sin sentido grande espacio

    Esta hierba tenían los indios por cosa muy presciada, y la criaban en sus huertos e labranzas, para el efeto que es dicho; dándose a entender que este tomar de aquella hierba e zahumerio, no tan solamente les era cosa sana, pero muy sancta cosa. Y así como cae el cacique o principal en tierra, tómanle sus mujeres (que son muchas), y échanle en su cama o hamaca, si él se lo mandó antes que cayese; pero si no lo dijo e proveyó primero, no quiere sino que lo dejen estar así, en el suelo, hasta que se le pase aquella embriaguez o adormecimiento.

    Yo no puedo pensar qué placer se saca de tal acto, si no es la gula del beber, que primero hacen que tomen el humo o tabaco; y algunos beben tanto de cierto vino que ellos hacen, que antes que se zahumen caen borrachos; pero cuando se sienten cargados e hartos, acuden
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a tal perfume. E muchos también, sin que beban demasiado, toman el tabaco e hacen lo que es dicho, hasta dar de espaldas o de costado en tierra, pero sin vascas, sino como hombre dormido. Sé que algunos cristianos ya lo usan, en especial algunos que están tocados del mal de las búas, porque dicen los tales, que en aquel tiempo que están así transportados, no sienten los dolores de su enfermedad. Y no me paresce que es esto otra cosa sino estar muerto en vida el que tal hace; lo cual tengo por peor que el dolor de que se excusan, pues no sanan por eso.

    Al presente, muchos negros de los que están en esta cibdad y en la isla toda, han tomado la misma costumbre, e crían en las haciendas y heredamientos de sus amos esta hierba, para lo que es dicho, y toman las mismas ahumadas o tabacos; porque dicen que cuando dejan de trabajar e toman el tabaco, se les quita el cansancio.

     
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    pero no de aquella hechura o forma, segund su vista, porque esta hierba es un tallo o pimpollo como cuatro o cinco palmos, o menos, de alto, y con unas hojas anchas e gruesas, e blandas e vellosas, y el verdor tira algo a la color de las hojas de la lengua de buey (o buglosa, que llaman los herbolarios e médicos). Esta hierba que digo, en alguna manera o género, es semejante al beleño. La cual toman de aquesta manera: los caciques e hombres principales tenían unos palillos, huecos, del tamaño de un jeme o menos, de la groseza del dedo menor de la mano, y estos cañutos tenían dos cañones respondientes a uno, como aquí está pintado (Lámina 1.ª, fig.  7.ª), e todo en una pieza. Y los dos ponían en las ventanas de las narices, e el otro en el humo e hierba que estaba ardiendo o quemándose; y estaban muy lisos e bien labrados. Y quemaban las hojas de aquella hierba arrebujadas o envueltas de la manera que los pajes cortesanos suelen echar sus ahumadas; e tomaban el aliento e humo para sí, una e dos e tres e más veces, cuanto lo podían porfiar, hasta que quedaban sin sentido grande espacio, tendidos en tierra, beodos, o adormidos de un grave e muy pesado sueño. Los indios que no alcanzaban aquellos palillos, tomaban aquel humo con unos cálamos o cañuelas de carrizos, e a aquel tal instrumento con que toman el humo, o a las cañuelas que es dicho, llaman los indios tabaco, e no a la hierba o sueño que les toma (como pensaban algunos).

        Esta hierba tenían los indios por cosa muy presciada, y la criaban en sus huertos e labranzas, para el efeto que es dicho; dándose a entender que este tomar de aquella hierba e zahumerio, no tan solamente les era cosa sana, pero muy sancta cosa. Y así como cae el cacique o principal en tierra, tómanle sus mujeres (que son muchas), y échanle en su cama o hamaca, si él se lo mandó antes que cayese; pero si no lo dijo e proveyó primero, no quiere sino que lo dejen estar así, en el suelo, hasta que se le pase aquella embriaguez o adormecimiento.

        Yo no puedo pensar qué placer se saca de tal acto, si no es la gula del beber, que primero hacen que tomen el humo o tabaco; y algunos beben tanto de cierto vino que ellos hacen, que antes que se zahumen caen borrachos; pero cuando se sienten cargados e hartos, acuden
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a tal perfume. E muchos también, sin que beban demasiado, toman el tabaco e hacen lo que es dicho, hasta dar de espaldas o de costado en tierra, pero sin vascas, sino como hombre dormido. Sé que algunos cristianos ya lo usan, en especial algunos que están tocados del mal de las búas, porque dicen los tales, que en aquel tiempo que están así transportados, no sienten los dolores de su enfermedad. Y no me paresce que es esto otra cosa sino estar muerto en vida el que tal hace; lo cual tengo por peor que el dolor de que se excusan, pues no sanan por eso.

        Al presente, muchos negros de los que están en esta cibdad y en la isla toda, han tomado la misma costumbre, e crían en las haciendas y heredamientos de sus amos esta hierba, para lo que es dicho, y toman las mismas ahumadas o tabacos; porque dicen que cuando dejan de trabajar e toman el tabaco, se les quita el cansancio.

        Aquí me paresce que cuadra una costumbre viciosa e mala que la gente de Tracia usaba entre otros criminosos vicios suyos, segund el Abulensis escribe sobre Eusebio De los tiempos, * donde dice que tienen por costumbre todos, varones e mujeres, de comer alrededor del fuego, y que, huelgan mucho de ser embriagos, o lo parescer; e que como no tienen vino, toman simientes de algunas hierbas que entre ellos hay, las cuales, echadas en las brasas, dan de sí un tal olor, que embriagan a todos los presentes, sin algo beber. A mi parescer, esto es lo mismo que los tabacos que estos indios toman.

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    Mas, porque de suso se dijo que cuando algún principal o cacique cae por el tabaco, que lo echan en la cama, si él lo manda así hacer, bien es que se diga qué camas tienen los indios en esta isla Española, a la cual cama llaman hamaca; y es de aquesta manera: una manta tejida en parte, y en partes abierta, a escaques cruzados, hecha red     

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    incurran en otros más los que desconocen a su Dios Todopoderoso y adoran al diablo en diversas formas e ídolos, como en estas Indias es costumbre entre estas gentes; pues que, como he dicho, en muchas cosas e partes pintan y entallan, y esculpen en madera y de barro, y de otras materias hacen un demonio que ellos llaman cemí, tan feo e tan espantable como suelen los católicos pintarle a los pies del arcángel Sanct Miguel o del apóstol Sanct Bartolomé; pero no atado en cadenas, sino reverenciado: unas veces asentado en un tribunal, otras de pies y de diferentes maneras. Estas imágenes infernales tenían en sus casas, en partes y lugares diputados e obscuros que estaban reservados para su oración, e allí entraban a orar e a pedir lo que deseaban, así agua para sus campos y heredamientos, como buena simentera, e victoria contra sus enemigos; y en fin, allí pedían e ocurrían, en todas sus nescesidades, por el remedio dellas. E allí dentro estaba un indio viejo que les respondía a sabor de su paladar, o conforme a la consultación habida con aquel cuya mala vista allí se representaba. En el cual es de pensar que el diablo, como en su ministro, entraba e hablaba en él; y como es antiguo estrólogo, decíales el día que había de llover, o otras cosas de las que la Natura tiene por oficio. A estos tales viejos hacían mucha reverencia, y eran entre los indios tenidos en gran reputación, como sus sacerdotes y perlados; y aquestos eran los que más ordinariamente tomaban aquellos tabacos o ahumadas que se dijo de suso, y desque volvían en sí, decían si debía hacerse la guerra o dilatarla; e sin el parescer del diablo (habido de la forma que es dicho), no emprendían ni hacían cosa alguna que de importancia fuese.

        Era el ejercicio principal de los indios desta isla de Haití o Española, en todo el tiempo que vacaban de la guerra, o de la agricoltura e labor del campo, mercadear e trocar unas cosas por otras, no con la astucia de nuestros mercaderes, pidiendo por lo que vale un real muchos más, ni haciendo juramentos para que los simples los crean, sino muy al revés de todo esto y desatinadamente; porque por maravilla miraban en que valiese tanto lo que les daban como lo que ellos volvían en prescio o trueco, sino, teniendo contentamiento de la cosa por su patiempo, daban lo que valía ciento por lo que no valía diez ni aun cinco. Finalmente, que acontesció vestirlos y darles los cristianos un muy gentil sayo de seda o de grana, o muy buen paño, e desde a poco espacio, pasado un día o dos, trocarlo por una agujeta o un par de alfileres. E así, a este respecto, todo lo demás barataban, y luego, aquello que habían habido, lo tornaban a vender por otro disparate semejante, valiendo o no valiendo más o menos prescio lo uno que lo otro, porque entre ellos, el mayor intento de su cabdal, era hacer su voluntad, y en ninguna cosa tener constancia.

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    Antes de llegar a la laguna que es dicho, topó el capitán e los que con él iban, un pueblo muy bueno e de muchos e buenos buhíos o casas, y tal que en los tiempos pasados pudieran muy bien vivir en él mill e quinientos indios. En el cual se creyó que estaría Enrique, e que sería tornado de la laguna; donde, en la verdad, él estaba haciendo sus cahobas o ahumadas que los indios toman (que asimismo llaman tabacos, como atrás se dijo, en el capítulo II). E hizo noche el capitán, con los que llevaba, a media legua del pueblo que es dicho; e al cuarto del alba, el día siguiente, dió sobre él, y llegado al pueblo, no se halló gente alguna; mas halláronse aparejos de casa, según los indios los tienen, de forma que claramente parescía ser poblado, y estar la gente fuera del lugar. E mandó el capitán que, no se tocase en cosa alguna, excepto algunas calabazas que se tomaron para llevar agua, por la falta que della hay por aquella tierra. Desde allí hasta la laguna había un camino, fecho a hacha y a mano, que podía ir una carreta y venir otra por la anchura del; y por allí, según se mostraba, llevaron los indios trece canoas que tenían, hasta la laguna; las siete grandes y las seis pequeñas. E siguiendo por este camino el capitán e los cristianos que con él iban, oyeron los golpes de una hacha dentro del monte (que ya era montaña alta e tierra andadera); e sentidos aquellos golpes, hizo sentar la gente, e desde allí proveyó de enviar por todas partes indios de los que llevaba, mansos, que tomasen en medía al que golpeaba o hacía leña dentro, en lo emboscado y espeso del monte; e así se hizo, e fué tomado un indio que estaba cortando leña.

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allí maíz en mazorcas, tierno, que parescía estar cocido para dar de comer al capitán y a los que con él habían salido, y otras fructas. E trujeron algunas mantillas de algodón teñido y repartiéronlas por los que allí estaban de los nuestros, e diéronles unos cañuto, negros con sahumerios que tomaban como tabaco, e por señas dijeron al capitán que no se fuese e que le traerían oro y otras cosas. E diéronles por siete mantas e dos tocas, dos bonetes e dos mill cuentas verdes de vidro e tres peines y un espejo. Y estando allí en la dicha isleta el capitán Grijalva, dijo al

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a poco se van gastando e consumiendo entre sí hasta se acabar ardiendo sin alzar llama, así como lo suelen hacer los pibetes de Valencia, e olían muy bien ellos y el humo que dellos salía; e hacían señas los indios a los cristianos que no dejasen perder o pasar aquel humo, como quien toma tabaco. E al tiempo que llegaron a hablar al capitán, un poco antes de llegar a él los dos principales que es dicho, pusieron ambas palmas de las manos en tierra y las besaron, en señal de paz o salutación; pero como no había lengua ni se entendían unos a otros, era muy

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e si los cristianos son buenos o si los matarán; e finalmente, todo lo que desean saber, les preguntan. Y el boratio dice que él les responderá en habiendo su consulta con el diablo. Y para esta habla e consultaciones se encierran en un buhío solo; y allí se echan unas ahumadas que llaman tabacos, con tales hierbas, que le sacan de sentido; y está un día, y dos y tres, e a veces más, encerrado este boratio, que no sale de allí, y después que ha salido, dice: aquesto me dijo el diablo, respondiendo a las preguntas que le han hecho, segund

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Para las cosas que no son de tanta importancia, tienen otra manera los indios. Hay en la tierra una hierba que llaman tabaco, la cual es a manera de planta, y tan alta como hasta los pechos de un hombre el tallo, e más e menos crescido, que echa unas hojas tan luengas como un palmo y anchas como cuatro dedos, y de talle de un hierro de lanza, y son bellosas. Y siembran esta hierba, y de la simiente que hace, la guardan para lo tornar a sembrar otro año, y cúranla con diligencia para el efeto que agora diré. Cuando la cogen, hacen manojos las hojas, y sécanlas colgadas al humo en manojos, y después las guardan, y es rescate muy estimado entre los indios. Y en esta nuestra isla Española hay mucha en los heredamientos; y los negros de que nos servimos, la prescian mucho para este efeto, que es echarse ahumadas con esta hierba hasta que caen como muertos; Y así están la mayor parte de la noche, y con aquello dicen que no sienten el trabajo del día pasado.
 

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Tornando a los indios de Venezuela, para ver si caminarán o irán a pescar o sembrarán, y para saber si matarán caza, o si su mujer los quiere bien, cada uno es boratio; porque con esta hierba, revueltas las hojas della a la redonda de la mazorca del maíz, enciéndenlas por un cabo poca cosa, e aquello que arde, métenlo en la boca y soplan hacia fuera, y cuando está la mitad quemado, arrebujan lo que está revuelto a la redonda. E si lo quemado del tabaco queda hecho a manera de hoz encorvado, es señal que lo que quieren saber subcederá bien; e si queda quemado derecho, es señal que al revés de lo que desea le ha de intervenir, y que es malo lo que había de ser bueno. Y tienen tan
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creído esto, que no basta nadie ni razón alguna a le hacer creer otra cosa, ni que es burla o vanidad los tabacos; antes les pesa mucho con quien los desengaña, si se lo reprenden.

    Los boratios, demás de lo que se dijo de suso, sirven en los pueblos de médicos y curan desta manera. Cuando alguno está doliente de enfermedad que no se puede levantar de la hamaca, llaman al boratio e ruéganle que les cure al enfermo, e que se lo pagarán, y él dice que le place. Llegado a donde el doliente está, pregúntale qué es lo que le duele, y el enfermo se lo dice; pregúntale asimesmo si querría sanar, y respóndele que sí; pregúntale asimesmo si sabe que él le puede sanar, porque es muy buen boratio, y el doliente dice que sí sabe. Si a estas preguntas o alguna dellas el enfermo dice que no, váse el boratio y no le quiere curar; pero respondiéndole que sí, lo primero que hace el boratio es mandar ayunar a todos los que hay en casa, que no coman sino mazamorra rala de maíz que ellos llaman caza,  y no más de una vez cada día. Y torna al doliente y pregúntale lo que le da más pena y dolor, e si responde que la cabeza u otro cualquier miembro, con las manos cerrándolas e abriéndolas, trayéndoselas el boratio por encima, como quien quiere juntar otra cosa, dice que le allega el alma a un cabo, y después cierra el puño y sóplale con la boca diciendo: "Allá irás mal." E diciendo e haciendo esto, da tantas voces e aullidos encima del enfermo, que queda ronco el horario que no puede gañir ni cuasi hablar, y túrale dos horas y más.
 

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Tornando a los indios de Venezuela, para ver si caminarán o irán a pescar o sembrarán, y para saber si matarán caza, o si su mujer los quiere bien, cada uno es boratio; porque con esta hierba, revueltas las hojas della a la redonda de la mazorca del maíz, enciéndenlas por un cabo poca cosa, e aquello que arde, métenlo en la boca y soplan hacia fuera, y cuando está la mitad quemado, arrebujan lo que está revuelto a la redonda. E si lo quemado del tabaco queda hecho a manera de hoz encorvado, es señal que lo que quieren saber subcederá bien; e si queda quemado derecho, es señal que al revés de lo que desea le ha de intervenir, y que es malo lo que había de ser bueno. Y tienen tan
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creído esto, que no basta nadie ni razón alguna a le hacer creer otra cosa, ni que es burla o vanidad los tabacos; antes les pesa mucho con quien los desengaña, si se lo reprenden.

    Los boratios, demás de lo que se dijo de suso, sirven en los pueblos de médicos y curan desta manera. Cuando alguno está doliente de enfermedad que no se puede levantar de la hamaca, llaman al boratio e ruéganle que les cure al enfermo, e que se lo pagarán, y él dice que le place. Llegado a donde el doliente está, pregúntale qué es lo que le duele, y el enfermo se lo dice; pregúntale asimesmo si querría sanar, y respóndele que sí; pregúntale asimesmo si sabe que él le puede sanar, porque es muy buen boratio, y el doliente dice que sí sabe. Si a estas preguntas o alguna dellas el enfermo dice que no, váse el boratio y no le quiere curar; pero respondiéndole que sí, lo primero que hace el boratio es mandar ayunar a todos los que hay en casa, que no coman sino mazamorra rala de maíz que ellos llaman caza,  y no más de una vez cada día. Y torna al doliente y pregúntale lo que le da más pena y dolor, e si responde que la cabeza u otro cualquier miembro, con las manos cerrándolas e abriéndolas, trayéndoselas el boratio por encima, como quien quiere juntar otra cosa, dice que le allega el alma a un cabo, y después cierra el puño y sóplale con la boca diciendo: "Allá irás mal." E diciendo e haciendo esto, da tantas voces e aullidos encima del enfermo, que queda ronco el horario que no puede gañir ni cuasi hablar, y túrale dos horas y más.
 

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Ya en la primera parte, en el libro V e capítulo II, tengo dicho qué cosa son tabacos e ahumadas que los indios de esta e otras islas usan; pero en esta provincia de Tierra Firme, en Castilla del Oro, usan echar en el fuego ciertas hierbas e gomas de ciertos árboles, que todo ello hiede y es incomportable sino a los indios, que lo han en costumbre, e dicen ellos que es sana cosa. Los cuales sahumerios ellos usan, después que han cenado y están hartos, para se dormir por
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medio de aquel humo que desde el fuego rescibían e lo olían; con el cual, luego en poco espacio, sobreviene un profundo e pesado sueno, e tanto más grave e para más tiempo, cuanto más el fuego tura de consumir aquella materia. E cuando tura un cuarto de hora el humo, dicen que les tura el sueño cuatro o cinco horas después a los indios, e así, a proporción, ellos echan en el fuego lo que les paresce que les debe de bastar o quieren estar sin despertar.

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E así como comenzaron a beber, trujo el mesmo cacique un manojo de tabacos, que son del tamaño de un jeme e delgados como un dedo, e son de una cierta hoja arrollada e atada con dos o tres hilos de cabuya delgados; la cual hoja e planta della ellos crían con mucha diligencia para el efecto destos tabacos, y encendíanlas por el un cabo poca cosa, y entre sí se va quemando (como un pibete) hasta que se acaba de quemar, en lo cual tura un día. E de cuando en cuando metíanla en la boca, por la parte contraria de donde arde, e chupan para dentro un poco espacio aquel humo, e quítanla, e tienen la boca cerrada, e retienen el resollo un poco, e después alientan e sáleles aquel humo por la boca e las narices. E cada uno de los indios que he dicho, tenía una destas hojas rebollada, a la cual ellos llaman yapoquete, y en lengua desta isla de Haití o Española se dice tabaco.

    E continuando el beber, yendo e viniendo indios e indias con aquel brebaje a vueltas del cual les traían otras higüeras o tazas grandes de cacao cocido, como     ellos lo acostumbran beber (pero de esto no toman sino tres o cuatro tragos, e de mano en mano, ora de lo uno, cuando de lo otro, entremedias tomando aquellas ahumadas, e tañendo entre ellos con las palmas un atabal e cantando otros), estuvieron así hasta más de media noche que los más de ellos cayeron en tierra sin sentido, embriagados, hechos cueros. E como la embriaguez diferenciadamente obra en los hombres, unos parescía que dormían sin se mover, otros andaban llorando, e otros gritando, e otros dando traspiés desatinados. Y estando ya en este estado, vinieron sus mujeres e amigos o hijos, e los tomaron e llevaron a dormir a sus casas, donde se durmieron hasta otro día a mediodía, o hasta la noche siguiente algunos, e más e menos, segund que habían cargado e participaron de la beodera. Y el que aquesto de esta gente no hace es tenido entre ellos por hombre de poco e no suficiente para la guerra.

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E así como comenzaron a beber, trujo el mesmo cacique un manojo de tabacos, que son del tamaño de un jeme e delgados como un dedo, e son de una cierta hoja arrollada e atada con dos o tres hilos de cabuya delgados; la cual hoja e planta della ellos crían con mucha diligencia para el efecto destos tabacos, y encendíanlas por el un cabo poca cosa, y entre sí se va quemando (como un pibete) hasta que se acaba de quemar, en lo cual tura un día. E de cuando en cuando metíanla en la boca, por la parte contraria de donde arde, e chupan para dentro un poco espacio aquel humo, e quítanla, e tienen la boca cerrada, e retienen el resollo un poco, e después alientan e sáleles aquel humo por la boca e las narices. E cada uno de los indios que he dicho, tenía una destas hojas rebollada, a la cual ellos llaman yapoquete, y en lengua desta isla de Haití o Española se dice tabaco.

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